viernes, 7 de enero de 2011

SED

Subía las escaleras nervioso, no sabía qué podría encontrar, desde hace tiempo nadie visitaba aquel sitio que había sido absorbido por las historias que se contaban acerca de él, algunas ciertas otras no tanto pero igual o más fascinantes.
Pisaba con cuidado los enmohecidos escalones de madera, por miedo a resbalar y caer sobre esa pila de peligrosos escombros de cielorraso al final del pasillo, la vieja casa estaba impregnada de un olor a humedad sofocante y la lluvia en el exterior no ayudaba mucho, bañando el asfalto y la tierra quebrada por el calor de la tarde, levantaba un vaporcillo insoportable. Ese era su único consuelo, ellos también deberían sentirse ahogados por el calor, pero al menos tenían aire respirable, no el aire viciado de una casucha vieja y mal ventilada, ¿por qué había aceptado de todos modos ese tonto desafío? Sabía bien que no había nada ni nadie allí dentro, ¿para qué seguirles el juego a esos tontos? Valentía. Debía probar su valentía….¿y morir asfixiado o aplastado por esos escombros que caían resignados desde el techo en el intento? No, no era cobarde, no era cobardía, simplemente era sentido común, era instinto de supervivencia, sí, era eso, se auto convenció y dio media vuelta para volver sobre sus pasos, ¿en qué momento terminó de subir la escalera? Giró confundido diciéndose a sí mismo que si ya había llegado tan lejos no tenía sentido volverse sin haber echado un vistazo a la planta alta.
No había mucho por ver, solo más habitaciones vacías, con uno que otro mueble invadido por termitas, abundantes telas de arañas que colonizaron la casa por completo, más insectos, más insectos y Oh sí! el infaltable olor a humedad en el aire, las paredes y el techo descascarándose, víctimas del tiempo y el descuido. Se acercó a una ventana, miró con indiferencia hacia abajo donde se encontraban sus compañeros de juego, esos tontos pretendían asustarlo….o bien matarlo de asfixia, no aguantaba más ese ambiente, llevaba la camisa del uniforme desprendida y arremangada, su cabello caía sobre su frente y podía sentir como las gotas de sudor recorrían su cuerpo, el calor era insoportable. Intentó entonces abrir la ventana por la que miraba, esa ventana de vidrios nublados por tierra y agua de lluvia, la lluvia, agua, quería agua. Los chicos abajo, podía verlos cubiertos de agua de pies a cabeza, miraban hacia arriba y le hacían señas con las manos para que volviera, ya era tarde debían volver y se habían alejado demasiado del pueblo. Con un último esfuerzo abrió la ventana, y el aire fresco le dio de lleno en el rostro, en el cuerpo, golpeándolo con un agradable escalofrío. Se sentía bien, esa sensación se sentía como….¿como la libertad?
No lo supo en ese momento, pero ahora estaba seguro, esa sensación era de libertad, era la libertad, ahora podía decirlo a ciencia cierta, ahora, después de tantos años de encierro, después de haber sido privado de esa hermosa sensación por tantos años, volvía a sentir la fresca brisa que trae consigo pequeñas partículas de lluvia, de mar, golpeando ahora su envejecido rostro, descuidado y maltrecho como esa vieja casa.

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